Documento de Fe

Confesión de Fe de los Bautistas

Declaración histórica de nuestras creencias fundamentales basadas en las Sagradas Escrituras.

Confesión Bautista de Fe de 1689

Preparada por los ANCIANOS y HERMANOS de muchas CONGREGACIONES de cristianos (bautizados por profesión de fe) en Londres y el resto de Inglaterra. y ha sido usada por miles de iglesias alrededor del mundo por más de 300 años.

"Escudriñad las Escrituras" (Juan 5:39)

"Con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación" (Romanos 10:10)

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Nuestra Declaración de Fe

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La Biblia es la única guía completa y confiable para conocer a Dios, creer en Él y obedecerle. Aunque la naturaleza nos muestra que Dios existe, no es suficiente para enseñarnos cómo ser salvos. Por eso Dios quiso escribir su palabra para que la verdad se conservara sin errores. Los 66 libros del Antiguo y Nuevo Testamento fueron inspirados por Dios y son la regla de fe y vida. Los libros apócrifos no forman parte de la Biblia. La autoridad de la Escritura no viene de ningún hombre ni iglesia, sino de Dios mismo. La Biblia se interpreta con la misma Biblia, y el Espíritu Santo nos ayuda a entenderla.

Referencias bíblicas: 2 Ti. 3:15-17; Is. 8:20; Lc. 16:29,31; Ef. 2:20; Ro. 1:19-21; He. 1:1-2; 2 P. 1:19-21; Mt. 22:29; Jn. 5:39

Hay un solo Dios verdadero, vivo y eterno. Él existe por sí mismo, no necesita de nadie, es espíritu puro, invisible, sin cuerpo, inmutable, todopoderoso, sabio, santo, misericordioso y justo. Ama a quienes lo buscan, pero también castiga el pecado con justicia. En este único Dios existen tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Las tres personas comparten la misma naturaleza divina y son eternas. Esta doctrina de la Trinidad es el fundamento de nuestra relación con Dios.

Referencias bíblicas: Dt. 6:4; 1 Co. 8:4-6; 1 Ts. 1:9; Jn. 4:24; 1 Ti. 1:17; Ex. 34:6-7; 1 Jn. 4:8; Mt. 3:16-17; Mt. 28:19; 2 Co. 13:14; 1 Jn. 5:7

Desde antes de la creación, Dios decidió libremente todo lo que iba a suceder, y nada ocurre por fuera de su plan. Sin embargo, esto no significa que Dios sea el autor del pecado, ni que obligue a las personas a actuar en contra de su voluntad. Dios eligió a algunas personas para salvación en Cristo, por pura gracia, no por méritos de ellos. A quienes no eligió, los deja en su pecado para que reciban el juicio justo que merecen. Esta doctrina debe enseñarse con cuidado y humildad, y debe motivar la adoración, no la arrogancia.

Referencias bíblicas: Ef. 1:4-6,9,11; Ro. 9:11-18; 1 Ti. 5:21; Mt. 25:34; Jn. 12:37-40; 1 P. 2:8-10; Dt. 29:29; 2 P. 1:10; Lc. 10:20

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo crearon juntos el mundo y todo lo que hay en él —lo visible e invisible— en seis días, y todo lo que hicieron era muy bueno. El ser humano fue creado al final, hombre y mujer, con alma racional e inmortal, a imagen de Dios, con conocimiento, justicia y santidad. Dios escribió su ley en el corazón del hombre y le dio dominio sobre la creación, pero también la posibilidad de desobedecer.

Referencias bíblicas: He. 1:2; Jn. 1:2-3; Gn. 1:1-2,27,31; Col. 1:16; Ex. 20:8-11; Gn. 2:7; Stg. 2:26; Ef. 4:24; Col. 3:10; Ro. 5:12

Dios no solo creó el mundo, sino que lo sostiene y gobierna todo, desde lo más grande hasta lo más pequeño, con sabiduría y bondad. Nada ocurre por casualidad; todo está bajo su control. Dios usa medios normales (como personas, leyes naturales, etc.), pero también puede actuar por encima de ellos cuando quiere. A veces Dios permite que sus hijos pasen por pruebas para humillarlos y hacerlos depender más de Él. Con los impíos, Dios en su justicia puede entregarlos a sus propios pecados. Su cuidado especial también se extiende a su iglesia.

Referencias bíblicas: He. 1:3; Mt. 10:29-31; Pr. 15:3; Col. 1:16-17; Ro. 8:28; Hch. 2:23; Stg. 1:13; 2 Cr. 32:25-26; Ro. 1:24-26; 1 Ti. 4:10

Dios creó al ser humano perfecto, pero Satanás usó la serpiente para engañar a Eva, y luego Eva influyó en Adán, quien voluntariamente desobedeció a Dios al comer el fruto prohibido. Con esa caída, Adán y Eva perdieron su comunión con Dios, y la muerte entró al mundo. Toda la humanidad descendiente de ellos heredó esa naturaleza corrupta: nacemos en pecado, muertos espiritualmente, y totalmente incapaces de hacer el bien espiritual por nuestra propia cuenta. Este pecado original persiste incluso en los creyentes durante esta vida, aunque en ellos es perdonado y debilitado por Cristo.

Referencias bíblicas: Gn. 3:1-7; Ro. 5:12; Ef. 2:1-3; 1 Co. 15:20-22; Sal. 51:4-5; Jer. 17:9; Ro. 3:10-18; Gn. 8:21; 2 Co. 11:3; 1 Ti. 2:14

La distancia entre Dios y el ser humano es tan grande que nadie podría acercarse a Él si Dios no diera el primer paso. Después de la caída, Dios hizo un pacto de gracia en el que ofrece salvación y vida eterna a los pecadores, gratuitamente, a través de Jesucristo. Este pacto requiere fe en Cristo y fue prometido por primera vez en el Génesis, luego se fue revelando más claramente hasta completarse en el Nuevo Testamento. Este pacto tiene su base en el acuerdo eterno entre el Padre y el Hijo para redimir a los escogidos.

Referencias bíblicas: Gn. 3:15; Jn. 3:16; Ro. 10:6,9; Gá. 3:11; Ez. 36:26-27; Jn. 6:44-45; He. 9:15; Ro. 4:1-25; He. 11:6,13

Desde la eternidad, Dios el Padre escogió a su Hijo Jesucristo para ser el único mediador entre Dios y los seres humanos. Jesús es completamente Dios y completamente hombre: fue concebido por el Espíritu Santo, nació de la virgen María, y tiene dos naturalezas completas unidas en una sola persona. Él vivió sin pecado, obedeció la ley perfectamente, murió en la cruz cargando nuestro castigo, resucitó al tercer día, ascendió al cielo, intercede ahora por los suyos, y volverá a juzgar al mundo. Por su obediencia y sacrificio, logró la reconciliación con Dios y una herencia eterna para todos los que el Padre le dio.

Referencias bíblicas: 1 Ti. 2:5; Is. 42:1; Jn. 3:16; Gá. 4:4; Ro. 1:3-4; Lc. 1:35; He. 7:26; Fil. 2:5-11; Ro. 8:34; He. 9:24; Hch. 17:31; He. 13:8

Dios creó al ser humano con la capacidad real de elegir entre el bien y el mal, sin ser obligado. Antes de la caída, Adán tenía la libertad de obedecer a Dios. Después de la caída, la humanidad perdió esa capacidad para escoger el bien espiritual: estamos muertos en pecado y no podemos convertirnos por nuestra propia fuerza. Cuando Dios transforma a una persona, le da la libertad para querer y hacer lo que es bueno, aunque la corrupción todavía lucha. Solo en el cielo la voluntad del creyente será perfectamente libre para querer únicamente lo bueno.

Referencias bíblicas: Dt. 30:19; Stg. 1:14; Ec. 7:29; Ro. 6:16-20; Ef. 2:1; Jn. 8:34; Ro. 8:7; 1 Co. 2:14; Col. 1:13; Jn. 8:36; Ef. 4:13; He. 12:23

Dios llama a los que eligió para salvación a través de su Palabra y su Espíritu, sacándolos de su estado de pecado. Este llamado es poderoso y efectivo: ilumina la mente para entender las verdades de Dios, ablanda el corazón, renueva la voluntad y los lleva a Cristo. Esta obra viene completamente de la gracia de Dios, no de ningún mérito o esfuerzo humano. La persona responde voluntariamente, pero esa misma disposición para responder es un regalo de Dios. Los niños elegidos que mueren en la infancia son salvos por Cristo a través del Espíritu, quien actúa cuando y como quiere.

Referencias bíblicas: Ro. 8:28-30; 2 Ti. 1:9; Ez. 36:26-27; Jn. 6:44-45; Ef. 1:17-19; 2:1-6; 1 Co. 2:10-12; Hch. 26:18; Jn. 3:8; Sal. 110:3

La justificación es el acto por el cual Dios declara justo al pecador que cree en Cristo. Dios perdona todos sus pecados y le atribuye (imputa) la justicia perfecta de Cristo. Esta declaración no se gana por obras ni méritos propios, sino que se recibe únicamente por la fe. Aunque la fe es el medio, no es la base de la justificación; la base es la obediencia y el sacrificio de Cristo. Esta es una de las doctrinas más importantes del evangelio: somos justificados por gracia, mediante la fe, por Cristo.

Referencias bíblicas: Ro. 3:24-25; 4:5-8; 5:17-19; Gá. 2:16; Fil. 3:9; Ef. 1:7; 2:8-9; Tit. 3:5-7; He. 10:14

Todos los que son justificados también son adoptados como hijos de Dios. Esta adopción es un regalo inmerecido de la gracia de Dios: pasamos de ser esclavos del pecado a ser hijos amados del Padre celestial. Como hijos adoptados, recibimos el Espíritu de adopción que nos enseña a llamar a Dios "Padre", recibimos su cuidado, compasión, corrección y herencia eterna. Esta relación de hijos con Dios es permanente y llena de privilegios.

Referencias bíblicas: Jn. 1:12; Ro. 8:15-17; Gá. 4:4-6; 1 Jn. 3:1-3; He. 12:6; Ef. 1:5; Ro. 8:28-30

La santificación es el proceso por el cual el Espíritu Santo va transformando al creyente para que sea más parecido a Cristo. Comienza en el momento de la conversión y continúa durante toda la vida. Afecta a toda la persona, aunque en esta vida nunca es completa; siempre queda algo de la vieja naturaleza. Hay una guerra constante entre la carne y el Espíritu, pero el Espíritu va ganando terreno. Los creyentes crecen en gracia, aprenden a obedecer a Dios más y más, y avanzan hacia una vida santa.

Referencias bíblicas: Ro. 6:13-14; Gá. 5:17,24; Ef. 4:22-25; 1 Ts. 5:23; 1 Co. 9:24-27; 2 P. 3:18; 2 Co. 7:1; 3:18; Ro. 7:23; He. 12:14

La fe que salva es un regalo del Espíritu Santo, y normalmente viene a través de escuchar la Palabra de Dios. Por esta fe, el creyente cree que todo lo que la Biblia dice es verdad, reconoce la gloria de Dios en ella y confía completamente en Cristo para su salvación, santificación y vida eterna. Esta fe no es solo un asentimiento intelectual; también produce obediencia, temor ante las amenazas de Dios, y confianza en sus promesas. La fe puede ser débil o fuerte, pero siempre lleva a Cristo.

Referencias bíblicas: Jn. 6:44; Ef. 2:8; Fil. 1:29; Ro. 10:14,17; Hch. 11:21; 1 P. 1:2; Sal. 19:7-10; Jn. 1:12; Gá. 2:20; Hch. 16:31

El arrepentimiento verdadero es una gracia del evangelio por la cual el pecador, al ver el horror de su pecado contra Dios y la misericordia que Dios ofrece en Cristo, se aleja del pecado de corazón y se vuelve a Dios con un propósito firme de obedecerle. Este arrepentimiento no es una obra que gana el perdón, sino que acompaña a la fe salvadora. Nadie debe pensar que sus pecados son demasiado grandes para ser perdonados; el evangelio ofrece perdón a todos los que vienen arrepentidos a Cristo.

Referencias bíblicas: Hch. 11:18; Lc. 24:47; Hch. 2:37-38; Mr. 1:15; Ez. 36:31; Zac. 12:10; Ro. 3:20; 2 Co. 7:10-11; Sal. 119:128

Las buenas obras son aquellas que Dios manda en su Palabra, no las que el ser humano inventa por su propia cuenta. Los creyentes hacen buenas obras como fruto y evidencia de su fe salvadora, no para ganar la salvación. Estas obras dan gloria a Dios y sirven al prójimo. Sin embargo, ni las mejores obras de los creyentes son perfectas; siempre necesitamos la misericordia de Dios. El Espíritu Santo es quien nos capacita para hacer buenas obras, y sin Cristo no podemos hacer nada que agrade a Dios.

Referencias bíblicas: Jn. 15:4-5; Ef. 2:10; Tit. 2:14; Ro. 3:20; Mt. 5:16; 1 Co. 10:31; Gá. 5:22-23; He. 13:21; Fil. 2:13

Los que Dios verdaderamente ha salvado y regenerado perseverarán en la fe hasta el final. No porque sean perfectos o no fallen, sino porque Dios los guarda por su poder y gracia. El amor de Dios no cambia, y el Espíritu Santo que habita en ellos es garantía de su perseverancia. A veces los creyentes pueden caer gravemente en pecado, pero Dios los restaura. Nadie que sea verdaderamente salvo puede perder su salvación de manera definitiva, porque la salvación descansa en Dios, no en el ser humano.

Referencias bíblicas: Jn. 10:28-29; Ro. 8:30,38-39; 1 Jn. 2:19; 1 P. 1:5; Fil. 1:6; He. 6:17-20; 2 Ti. 2:19; Jer. 32:40; 1 Co. 11:32

El creyente puede estar seguro de que es salvo y de que esa salvación es real. Esta seguridad no viene de un sentimiento subjetivo, sino de las promesas de Dios en su Palabra, de las evidencias de la gracia en su vida, y del testimonio del Espíritu Santo en su corazón. Sin embargo, esta certeza puede crecer o disminuir dependiendo de la madurez espiritual, el pecado, las pruebas o la falta de comunión con Dios. Tener esta seguridad no lleva a la pereza, sino que da paz, gratitud y motivación para vivir santamente.

Referencias bíblicas: He. 6:11,17-19; Ro. 8:15-16; 2 P. 1:4-5,10-11; 1 Jn. 2:3; 3:14,21-24; Is. 50:10; 1 Co. 2:12; Sal. 77:1-12; Ef. 4:30

Dios dio su ley a Adán y la grabó en el corazón humano. Luego se la entregó a Israel en el Sinaí en los Diez Mandamientos, que expresan su voluntad moral para todos los tiempos. La ley no salva, pero cumple otras funciones: revela el pecado, nos muestra nuestra necesidad de Cristo y guía la vida del creyente. El cristiano no está bajo la ley como medio de justificación, pero sí como regla de conducta. Las leyes civiles y ceremoniales del Antiguo Testamento han dejado de aplicarse en su forma original, pero su principio moral continúa.

Referencias bíblicas: Ro. 2:14-15; 3:20; 7:7,12,14; Gá. 3:19,24; Ex. 20:1-17; Dt. 5:6-21; Mt. 5:17-18; Ro. 6:14; 13:8-10; Stg. 2:10-12; He. 9:10

El evangelio es la buena noticia de Jesucristo: que Dios ofrece vida y salvación a los pecadores a través de Él. Esta gracia del evangelio fue prometida desde el principio en el Génesis y se fue revelando más claramente con el paso del tiempo hasta la venida de Cristo. El evangelio debe ser predicado a toda persona, porque es el poder de Dios para salvación. Dios llama a los pecadores a arrepentirse y creer. Sin embargo, la salvación efectiva depende de la gracia soberana de Dios, no de la sola voluntad humana.

Referencias bíblicas: Gn. 3:15; Ro. 1:16-17; 10:14-15; Mr. 16:15-16; Jn. 3:16; Hch. 2:38; Gá. 3:8; He. 1:1-2; Ef. 3:5; Tit. 1:2

Cristo liberó a los creyentes de la culpa del pecado, del poder de la condenación, de la esclavitud a las tradiciones humanas y de las leyes ceremoniales. Ahora podemos acercarnos a Dios con confianza. Nadie puede imponerle a la conciencia del creyente cosas que Dios no ha ordenado en su Palabra. Esta libertad cristiana, sin embargo, no es excusa para el pecado ni para desobedecer a Dios. Quienes abusan de la libertad para pecar o atacar la iglesia deben ser corregidos.

Referencias bíblicas: Gá. 1:4; 3:13; 4:1-7; Jn. 8:36; Ro. 6:22; 8:15; Fil. 3:3; 1 P. 2:9; 1 Co. 10:29-31; Mt. 15:9; Hch. 4:19; Col. 2:20-23

El único Dios debe ser adorado de la manera que Él mismo ordena en la Biblia, no según tradiciones o inventos humanos. Los elementos de la adoración pública incluyen: la oración, la lectura y predicación de la Palabra, el canto de salmos e himnos, el bautismo y la Cena del Señor. Dios también instituyó un día de descanso para adorarle, que para los cristianos es el primer día de la semana (domingo), conmemorando la resurrección de Cristo. Este día debe guardarse con gozo, dedicado a la adoración y obras de misericordia.

Referencias bíblicas: Dt. 12:32; Ex. 20:8-11; Ap. 1:10; Mr. 2:27-28; 1 Co. 16:1-2; Hch. 20:7; Jn. 4:23-24; Col. 3:16; Mt. 12:1-13; Is. 58:13-14

Un juramento es invocar a Dios como testigo de la verdad de lo que decimos o prometemos. Cuando es necesario y válido, jurar en el nombre de Dios está permitido y puede confirmar un compromiso importante. Los votos son promesas hechas directamente a Dios y deben cumplirse fielmente. Sin embargo, no deben hacerse votos que contradigan la Palabra de Dios ni compromisos que la conciencia no pueda mantener. Jurar por criaturas (santos, reliquias, etc.) es pecado.

Referencias bíblicas: Dt. 6:13; Ex. 20:7; Nm. 5:19,21; 1 R. 8:31; Neh. 13:25; Hch. 18:18; Mt. 5:34-37; Stg. 5:12; He. 6:16; Nm. 30:2; Ec. 5:2-5

Dios estableció el gobierno civil para el bien de la sociedad: para mantener el orden, proteger al inocente y castigar al que hace el mal. Los creyentes deben obedecer a las autoridades civiles, orar por ellas y pagarles impuestos. Sin embargo, ningún gobernante tiene derecho a mandar en asuntos de fe o conciencia que son solo de Dios. Si la autoridad ordena algo que contradice la ley de Dios, debemos obedecer a Dios antes que a los hombres. La iglesia y el gobierno civil tienen funciones distintas y no deben confundirse.

Referencias bíblicas: Ro. 13:1-7; 1 P. 2:13-14; Mt. 22:21; Hch. 4:19-20; 5:29; 1 Ti. 2:1-3; Tit. 3:1

El matrimonio fue ordenado por Dios para ser entre un hombre y una mujer. Su propósito es la ayuda mutua, la procreación ordenada y la prevención del pecado sexual. Los creyentes deben casarse solo con creyentes. El matrimonio no debe hacerse dentro de los grados de parentesco prohibidos en la Biblia. El divorcio no fue diseñado por Dios como algo normal; el matrimonio es un compromiso serio y permanente, reflejando la relación de Cristo con su iglesia.

Referencias bíblicas: Gn. 1:28; 2:24; Mt. 19:4-6; He. 13:4; 1 Co. 7:2,9; 2 Co. 6:14; 1 Co. 7:39; Lv. 18:1-30

La iglesia universal está compuesta por todos los escogidos de Dios de todos los tiempos, y Cristo es su único Cabeza. La iglesia local es una congregación de creyentes que se han unido para adorar a Dios, guardar las ordenanzas y vivir bajo el gobierno que Cristo establece en su Palabra. Los oficiales de la iglesia son pastores/ancianos y diáconos. Cristo gobierna su iglesia a través de su Palabra y su Espíritu. Las iglesias locales son independientes entre sí, aunque pueden cooperar. Las marcas de una verdadera iglesia incluyen la predicación fiel de la Palabra y la administración correcta de las ordenanzas.

Referencias bíblicas: Ef. 1:22-23; 5:23-27; 1 Co. 1:2; Mt. 28:19-20; Hch. 2:41-42; 1 Ti. 3:1-13; Hch. 14:23; 20:17,28; 1 P. 5:1-4; 1 Co. 5:4-5

Todos los creyentes tienen comunión entre sí como miembros del cuerpo de Cristo. Esto significa que deben ayudarse unos a otros en sus necesidades espirituales y materiales, orar los unos por los otros, y edificarse mutuamente. Esta comunión no elimina la propiedad privada de cada uno, pero sí crea responsabilidad mutua. Los creyentes también tienen comunión con Cristo, quien les da sus bienes espirituales. Esta hermandad es un testimonio poderoso del evangelio ante el mundo.

Referencias bíblicas: 1 Jn. 1:3; Ef. 4:15-16; 1 Co. 12:7; Ro. 1:11-12; Col. 3:16; Hch. 2:44-45; 1 Ts. 5:11,14; Gá. 6:10

Cristo instituyó dos ordenanzas para su iglesia: el bautismo y la Cena del Señor. Estas son señales y sellos visibles de las verdades del evangelio. No son sacramentos que otorguen gracia automáticamente, sino ordenanzas que el creyente observa como actos de obediencia y que confirman su fe. Solo los que profesan fe genuina deben participar de ellas. A través de estas ordenanzas, la iglesia confiesa públicamente su unión con Cristo.

Referencias bíblicas: Mt. 28:19-20; 1 Co. 11:23-26; Ro. 4:11; Gá. 3:27; Ro. 6:3-4; Col. 2:12; 1 Co. 10:16-17

El bautismo es la inmersión completa de la persona en agua, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es un signo de la muerte y resurrección del creyente con Cristo, del perdón de pecados y de la nueva vida. Solo deben ser bautizados aquellos que hayan profesado fe genuina y arrepentimiento. El bautismo de infantes no tiene fundamento bíblico. La forma correcta del bautismo es por inmersión, no por derramamiento ni aspersión.

Referencias bíblicas: Mt. 28:18-20; Mr. 1:4-9; Jn. 3:23; Hch. 2:37-41; 8:12-13,36-38; Ro. 6:3-5; Col. 2:12; Gá. 3:27; 1 P. 3:21

La Cena del Señor fue instituida por Jesús la noche de su arresto para que la iglesia la observe hasta su regreso. Al participar del pan y la copa, los creyentes recuerdan el sacrificio de Cristo, proclaman su muerte, se alimentan espiritualmente de Él y renuevan su compromiso con el Señor. El pan y el vino son símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo; no se convierten físicamente en Él (rechazando la transustanciación). Cristo está presente espiritualmente en la Cena para los creyentes. Los que participan indignamente pecan gravemente contra el Señor.

Referencias bíblicas: 1 Co. 11:23-28; Mt. 26:26-28; Mr. 14:24-25; Lc. 22:19-22; 1 Co. 10:16-17; He. 9:25-28; 10:10-14; Jn. 6:29,35,47-58

Cuando el cuerpo muere, vuelve al polvo, pero el alma es inmortal y va inmediatamente a Dios. Las almas de los justos (creyentes) van al Paraíso, donde están con Cristo en luz y gloria, esperando la resurrección final de sus cuerpos. Las almas de los impíos van al infierno, donde son castigadas en oscuridad, esperando el juicio final. No hay un lugar intermedio (como el purgatorio). Al final de los tiempos, todos los muertos resucitarán: los justos para honra eterna, y los injustos para deshonra y condenación.

Referencias bíblicas: Gn. 2:7; Ec. 12:7; Lc. 23:43; 2 Co. 5:6-8; Fil. 1:21-23; He. 12:23; Lc. 16:22-26; 1 P. 3:19; 1 Co. 15:42-54; 1 Ts. 4:17; Jn. 5:28-29; Fil. 3:21

Dios ha establecido un día en que juzgará al mundo entero con justicia, por medio de Jesucristo. En ese día, todos los que hayan vivido en la tierra —junto con los ángeles caídos— comparecerán ante el trono de Cristo y darán cuenta de sus pensamientos, palabras y obras. Los elegidos entrarán a la vida eterna llena de gozo y gloria. Los impíos serán enviados al tormento eterno, lejos de la presencia de Dios para siempre. Nadie sabe el día ni la hora, por lo que debemos vivir siempre listos, con la oración: "¡Ven, Señor Jesús!"

Referencias bíblicas: Hch. 17:31; Jn. 5:22,27; 1 Co. 6:3; Jud. 6; Ro. 2:6-16; 2 Co. 5:10; Mt. 25:31-46; Ro. 9:22-23; 2 Ts. 1:5-9; He. 6:2; Ap. 20:11-15; 22:20
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